Imperio Almorávide, los Monjes-Soldados del Desierto
El surgimiento del Imperio Almorávide transformó el mapa político del norte de África y de la península ibérica a finales del siglo XI. Su intervención fue clave para frenar el avance de los reinos cristianos tras la caída de Toledo en 1085 en manos de Alfonso VI.
Claves para entender
¿Quiénes eran los almorávides?
Los almorávides fueron un grupo de monjes-soldados surgidos de tribus nómadas del Sáhara. Pertenecían a la confederación bereber de los Sanhaja, principalmente de las tribus Lamtuna, Masufa y Gudala.
En su época eran conocidos como «los velados» (al-mulathimun) porque los hombres cubrían su rostro con un velo por debajo de los ojos. Religiosamente, abrazaron una interpretación muy rigorista y puritana del islam. Defendían la ortodoxia suní y seguían la escuela jurídica malikí, que exigía el cumplimiento estricto de la ley.
Significado del la palabras almorávide
¿Qué es el malikismo?
El malikismo es una de las cuatro escuelas de jurisprudencia (madhab) del islam suní. Fue fundada por el imán Malik ibn Anas en Medina durante el siglo VIII. Esta escuela se basa en el Corán y la Sunna, pero añade como fuente de ley la práctica de los habitantes de Medina. Históricamente, fue la rama más extendida en al-Ándalus y el Magreb. Los almorávides adoptaron una interpretación muy rigorista y literal de esta doctrina. Defendían la ortodoxia absoluta y rechazaban cualquier interpretación alegórica o teológica del Corán.
¿Cómo aparecen en la historia?
El movimiento almorávide nació en los inhóspitos territorios entre el sur de Marruecos y los ríos Senegal y Níger. Su origen se remonta al año 1035, cuando el jefe tribal Yahya ibn Ibrahim realizó la peregrinación a La Meca. Durante su viaje de regreso, comprendió la profunda ignorancia religiosa de su propia tribu. Para solucionar este problema, trajo consigo al predicador Abdallah ibn Yasin. Ibn Yasin recibió el encargo de reformar las costumbres y enseñar la ley islámica a las tribus del desierto. Sin embargo, su excesiva severidad provocó el rechazo inicial de los jefes locales.
Tras ser expulsado, Ibn Yasin se retiró con un grupo de fieles a una rábida o ribat. Este lugar servía como monasterio-fortaleza para la formación de musulmanes ejemplares y disciplinados. Allí el movimiento cobró fuerza espiritual y se convirtió en una organización militar expansiva. Finalmente, unificaron a las tribus del desierto bajo el ideal de la guerra santa para conquistar el Magreb y al-Ándalus.
¿Qué es un ribat?
Un ribat (o rábida) es una institución fortificada islámica, situada estratégicamente en zonas de frontera o en áreas costeras. Combinaba la defensa militar con el retiro espiritual, sirviendo tanto de base para voluntarios y defensores de la fe (conocidos como murābiṭūn) como de lugar de oración y meditación. Muchos ribats funcionaban como hospicios que daban refugio a viajeros, peregrinos y comerciantes, asemejándose a los caravasares.
El ascenso imparable del Imperio Almorávide: Del Sahara al Imperio
El movimiento almorávide nació como una reforma religiosa profunda en el norte de África y pronto se transformó en un imperio que dominó desde el río Senegal hasta el valle del Ebro. El origen del movimiento se sitúa en la confederación de tribus bereberes Sanhaja. Estas tribus eran pastores nómadas que controlaban las rutas de las caravanas en el desierto.
Las estancia en el ribat
Tras ser expulsados, Ibn Yasin y unos pocos fieles se retiraron a un ribat situado probablemente en una isla costera. En este refugio, los seguidores se sometieron a una férrea disciplina militar y espiritual. Allí nació el nombre del movimiento: los al-murabitun o almorávides, que significa «los del ribat». Estos hombres se convirtieron en una hermandad de monjes-soldados disciplinados y belicosos.
El pequeño grupo de fieles creció rápidamente atraído por la reputación de Ibn Yasin. Los almorávides entendieron la religión como Guerra Santa para unificar a las tribus. Bajo el mando militar de Yahya ibn Umar, comenzaron la conquista del desierto que no hace sino recordarnos a la que emprendió Mahoma en el 622.
La conquista del Magreb
La expansión almorávide por el norte de África fue un proceso sorprendentemente rápido. En apenas medio siglo, una hermandad de guerreros nómadas se transformó en la fuerza dominante del Magreb y construyó un imperio centralizado que abarcaba dos continentes.
Unificación de las tribus y control del desierto (1052-1054)
Tras consolidar su autoridad religiosa, los almorávides emprendieron la unificación de las tribus sanhaja. Su primer objetivo consistió en controlar las rutas comerciales que transportaban oro y sal a través del Sáhara. Para lograrlo, conquistaron el oasis de Siyilmasa en 1053, que pronto se convirtió en su principal centro económico y religioso. Un año después tomaron Audagost, arrebatándola a los reinos negros del sur y asegurando así el dominio de las rutas transaharianas.
Entrada en Marruecos y caída de Agmat (1056-1058)
Una vez dueños ya del desierto, cruzaron las montañas del Atlas y avanzaron hacia el actual Marruecos. En 1056 sometieron la región de Sus y, al año siguiente, conquistaron Agmat, una de las ciudades comerciales más prósperas de la zona. Desde allí completaron la unificación del sur marroquí, algo que no se había logrado hasta entonces.
La expansión continuó mientras los almorávides combatían a los Barghawata, un grupo considerado herético por sus líderes religiosos. Durante una de estas campañas murió en 1059 Abd Allah ibn Yasin, fundador y guía espiritual del movimiento. Su sucesor, Abu Bakr ibn Umar, asumió el liderazgo de la confederación almorávide, mientras Yusuf ibn Tashfin consolidaba el poder en el norte de Marruecos. Con el tiempo, este último se convertiría en el verdadero arquitecto del imperio.
Fundación de Marrakech y ascenso de Yusuf ibn Tashufin (1070-1073)
En 1070 los almorávides fundaron Marrakech como campamento militar permanente y nueva capital. La creación de esta ciudad simbolizó el paso de una confederación nómada a un poder político estable y sedentario. Por esas mismas fechas, Abu Bakr ibn Umar regresó al sur para consolidar el control del desierto, mientras Yusuf asumía el mando de los territorios septentrionales.
Desde Marrakech, Yusuf lanzó una ofensiva contra los principados zanata que dominaban el norte de Marruecos. Tras varios años de lucha conquistó Fez, entre 1070 y 1075, incorporando una ciudad de gran prestigio intelectual y cultural. Poco después tomó Tánger, en 1077, y aseguró el control de toda la costa atlántica marroquí.
La conquista del norte de África se terminó con la toma de Ceuta en 1084, una vez conquistadas Tremecén, Argel y Oran. Con Ceuta en sus manos, los almorávides quedaron a las puertas de la península ibérica, listos para intervenir en al-Ándalus.

La llamada de auxilio y el cruce del estrecho de 1085
La caída de Toledo en 1085 rompió el equilibrio de poder en la península. Por primera vez, la antigua capital visigoda y gran metrópoli islámica pasaba a manos cristianas desde la llegada musulmana en el 711. Este hecho forzó a los reyes de taifas a tomar una decisión desesperada: pedir ayuda al Imperio almorávide.
Una reinos musulmanes fragmentados
Tras la desaparición del Califato de Córdoba en 1031, al-Ándalus se dividió en numerosos reinos de taifas. Los más poderosos eran:
- Sevilla: Gobernada por los abadíes, era la potencia del sur.
- Granada: Bajo la dinastía zirí.
- Toledo: Situada en el centro, fue el primer gran reino en caer.
- Zaragoza: Un bastión en el valle del Ebro controlado por los hudíes.
- Badajoz y Valencia: Otros centros políticos de gran importancia.
Estos reinos competían entre sí y eran militarmente débiles. Para evitar ataques, pagaban a los reyes cristianos tributos anuales llamados parias. Alfonso VI rey de de León y Castilla se convirtió en el gran árbitro de la política peninsular gracias a este sistema de cobros.
¿Por qué los taifas piden auxilio?
La conquista de Toledo demostró que el pago de parias ya no garantizaba la supervivencia de las taifas. Los gobernantes musulmanes comprendieron que, sin ayuda externa, serían absorbidos por el avance cristiano. Al-Mu’tamid de Sevilla lideró la iniciativa de contactar con los almorávides. A pesar de los riesgos de invitar a una potencia extranjera, el rey sevillano pronunció una frase que ha pasado a la historia: «prefiero ser camellero en África que porquero en Castilla». Con ello, expresaba que prefería someterse a un líder musulmán que ser vasallo de un rey cristiano.
La embajada y el cruce del Estrecho
Se envió una embajada andalusí al Magreb integrada por líderes religiosos y políticos. Yusuf ibn Tashufin aceptó intervenir tras consultar con sus alfaquíes. Las taifas acordaron sufragar la campaña y ceder la ciudad de Algeciras como base de operaciones y puerto de entrada.
En junio de 1086, Yusuf cruzó el estrecho de Gibraltar al frente de un gran contingente transportado por un centenar de naves. Nada más desembarcar, tomó posesión de Algeciras y ordenó reforzar sus defensas. Desconfiaba de la lealtad de los reyes andalusíes y quería asegurar una vía de comunicación estable con el Magreb. La ciudad se convirtió en una sólida cabeza de puente gracias al almacenamiento de armas, víveres y refuerzos.
Hacia la batalla de Zalaca
Tras el desembarco en Algeciras y la península ibérica vivió meses de gran tensión militar y diplomática que marcaron el fin del sistema de parias y el inicio de la hegemonía norteafricana.
En septiembre de 1086, Yusuf marchó a Sevilla para reunirse con Al-Mu’tamid. Allí se realizó un llamamiento general a todos los soberanos andalusíes para participar en una campaña de Guerra Santa contra los reinos del norte. En octubre, el soberano almorávide se dirigió hacia Badajoz, la capital de la taifa fronteriza, acompañado por los contingentes de las taifas meridionales. Esta unión de fuerzas magrebíes y andalusíes supuso una amenaza sin precedentes para el Reino de León.
El avance cristiano: Alfonso VI sale al encuentro
Al conocer el desembarco almorávide, Alfonso VI abandonó el asedio de Zaragoza, donde también se encontraba el Cid en su papel de defensor de la taifa de Zaragoza, y reunió a sus tropas. Tras pasar por Toledo, avanzó hacia la actual Extremadura al frente de un ejército que incluía a varios de sus mejores capitanes. Aunque ambas partes habían mantenido contactos diplomáticos, el monarca castellano-leonés optó por buscar una batalla decisiva. Sabía que la llegada de los almorávides amenazaba con frenar el avance cristiano y alterar el equilibrio de poder en la península.
¿Por qué Zalaca (Sagrajas)?
El enfrentamiento se produjo en una pequeña localidad cercana a Badajoz llamada Sagrajas por los cristianos y Zalāqa por los musulmanes. El sitio fue elegido por estar cerca de la capital de la taifa de Badajoz, un punto neurálgico en la frontera.
Derrota cristiana en la batalla de Zalaca
La batalla de Zalaca (o Sagrajas) se libró el viernes 23 de octubre de 1086 en una llanura cercana a Badajoz. Frente a frente se encontraban el ejército de Alfonso VI y una coalición formada por almorávides y tropas de las taifas andalusíes. Aunque las cifras transmitidas por las crónicas son exageradas, ambas fuerzas reunieron varios miles de combatientes y protagonizaron uno de los mayores enfrentamientos de la época.
Yusuf ibn Tashfin organizó su ejército en varias líneas. En primera línea situó a las tropas andalusíes dirigidas por al-Mutamid de Sevilla y otros reyes de taifas. Detrás desplegó a los contingentes almorávides procedentes del Magreb, mientras mantenía una reserva de élite oculta o alejada del combate principal. La disposición buscaba desgastar al enemigo antes de lanzar el golpe decisivo usando las huestes andalusíes como fuerza de choque.
Al amanecer, Alfonso VI ordenó el ataque contra la vanguardia musulmana. Las tropas andalusíes soportaron el primer choque y sufrieron fuertes pérdidas, pero consiguieron ganar tiempo para que el resto del ejército se organizara. Durante horas, la batalla permaneció indecisa y los cristianos llegaron a creer que la victoria estaba cerca.
Entonces Yusuf lanzó su reserva. Los almorávides atacaron los flancos y la retaguardia cristiana mientras las fuerzas andalusíes renovaban la presión desde el frente. La maniobra envolvió progresivamente al ejército de Alfonso VI y rompió su cohesión. Convertido el combate en una lucha cuerpo a cuerpo, las tropas cristianas comenzaron a retirarse de forma desordenada.
La derrota fue devastadora. Alfonso VI resultó herido en una pierna y logró escapar con una pequeña parte de sus hombres. Muchos de sus principales caballeros murieron en el campo de batalla. Aunque la victoria no permitió a los almorávides recuperar de inmediato Toledo, sí destruyó el mito de la invencibilidad del rey castellano-leonés y frenó durante años el avance cristiano hacia el sur.
El impacto psicológico fue enorme. Por primera vez desde la conquista de Toledo en 1085, los reinos cristianos comprendieron que se enfrentaban a una potencia mucho más disciplinada y combativa que las divididas taifas. Zalaca marcó así el comienzo de una nueva etapa en la Reconquista y abrió el camino a la posterior intervención almorávide en al-Ándalus.
Al-Ándalus Almorávide
Después de derrotar a Alfonso VI, Yusuf ibn Tashufin regresó rápidamente al Magreb debido a la muerte de su hijo y heredero. Sin embargo, la calma fue breve. En 1088, Yusuf regresó para asediar la fortaleza de Aledo, pero la operación fracasó por las constantes disputas y rivalidades entre los reyes de taifas. Este fracaso convenció al emir almorávide de una realidad inevitable: los reyezuelos andalusíes eran incapaces de defenderse por sí mismos. Los almorávides comenzaron a criticar abiertamente el lujo y relajación religiosa de sus cortes.
El papel legitimador de los alfaquíes
Para justificar el derrocamiento de gobernantes musulmanes, Yusuf consultó a los alfaquíes (expertos en ley islámica). Estos juristas, seguidores del malikismo rigorista, emitieron dictámenes condenando a los reyes de taifas por su corrupción y por aliarse con enemigos cristianos. Con este respaldo religioso, los almorávides iniciaron la conquista sistemática de al-Ándalus en junio de 1090.
Cronología de la caída de las Taifas
La anexión fue rápida en el sur, pero encontró una resistencia feroz en el Levante y el valle del Ebro:
- Granada y Málaga (1090): Fueron las primeras en caer. El emir zirí de Granada tuvo que entregarse ante la falta de apoyo de su propia población, que simpatizaba con el puritanismo almorávide1516.
- Sevilla y Córdoba (1091): A pesar de que el rey Al-Mu’tamid de Sevilla se alió desesperadamente con Alfonso VI, las tropas norteafricanas tomaron Córdoba en marzo y Sevilla en septiembre tras un duro asedio.
- Valencia y el obstáculo del Cid (1102): Valencia fue el gran desafío. Rodrigo Díaz de Vivar conquistó la ciudad en 1094 y estableció un señorío independiente. El Cid derrotó a los almorávides en las batallas de Cuarte (1094) y Bairén (1097). La ciudad solo pasó a manos almorávides en mayo de 1102, cuando Jimena Díaz (viuda del EL CId) la evacuó con ayuda de Alfonso VI tras la muerte del Campeador.
- Zaragoza (1110): Fue la última gran taifa independiente. Los Banu Hud mantuvieron un difícil equilibrio actuando como barrera frente a los cristianos. Finalmente, en mayo de 1110, los propios habitantes de la ciudad facilitaron la entrada del gobernador almorávide de Valencia.
Consecuencias de la unificación
La llegada de los almorávides supuso el fin del apogeo artístico y cultural de las cortes de taifas. Sin embargo, trajeron estabilidad económica mediante la unificación de la moneda con el dinar de oro, que gozó de gran prestigio en toda Europa. Políticamente, al-Ándalus dejó de ser un conjunto de estados soberanos para convertirse en una provincia periférica de un imperio centrado en Marrakech.
Explendor peninsular Almorávide
La etapa almorávide en la península ibérica, especialmente durante el reinado de Alí ibn Yusuf, representó un periodo de gran prosperidad económica y una síntesis artística sin precedentes.
Economía y moneda: El Poder del oro
El esplendor económico se cimentó en el control de las rutas comerciales transaharianas, que permitían el flujo constante de oro y sal hacia el norte. Los almorávides generalizaron el uso del dinar de oro de 4,20 gramos como moneda de referencia en todo el imperio. Esta moneda gozó de tal reputación que fue utilizada como unidad de cuenta en la Europa occidental y se considera el precursor del maravedí cristiano.
Al inicio de su dominio, ganaron el favor popular al abolir los impuestos no canónicos, eliminando las cargas económicas que las taifas imponían para pagar las parias a los cristianos. Además, Al-Andalus mantenía una balanza comercial activa, exportando productos agrícolas, minerales y ganaderos hacia el Magreb, Egipto e incluso la India.
Arte y arquitectura: La influencia andalusí
Los almorávides no poseían un modelo artístico propio en sus orígenes nómadas, por lo que asimilaron y difundieron la cultura andalusí por todo el norte de África.
- Arquitectura Militar: Debido a las constantes guerras, centraron su labor constructiva en la península en la fortificación de ciudades, perfeccionando las murallas de Sevilla, Córdoba y Almería, y levantando el imponente castillo de Monteagudo en Murcia.
- La Joya de Marrakech: La Qubbat al-Barudiyin es uno de los pocos ejemplos supervivientes que muestra la riqueza del yeso tallado y la influencia de las cúpulas califales de Córdoba.
- El Minbar de la Kutubiyya: Esta pieza maestra de la ebanistería fue fabricada en Córdoba y enviada a Marrakech, destacando por su insuperable decoración de incrustaciones de maderas preciosas y metales.
- Decoración Doméstica: Desarrollaron los zócalos pintados con complejas tracerías geométricas de color rojo, técnica que sirvió de modelo para los futuros alicatados de la Alhambra.
Situación de las minorías religiosas de al-Ándalus
El periodo almorávide en la península ibérica supuso un cambio drástico para los mozárabes (cristianos en territorio musulmán) y los judíos. La llegada de los monjes-soldados del desierto impuso una interpretación rigorista del islam que alteró la convivencia tradicional de los reinos de taifas.
La situación de los mozárabes
Los mozárabes, es decir, los cristianos que vivían bajo dominio musulmán, se encontraron en una posición cada vez más delicada. A medida que los reinos cristianos avanzaban hacia el sur, las autoridades almorávides comenzaron a verlos con creciente recelo. Su fe y sus vínculos culturales con el norte despertaban sospechas sobre una posible colaboración con el enemigo.
Estas tensiones alcanzaron su punto álgido durante la expedición de Alfonso I de Aragón por Andalucía en 1125. Numerosos mozárabes apoyaron o se unieron a las fuerzas cristianas, confirmando los temores de las autoridades. Como respuesta, el emir Alí ibn Yusuf ordenó duras represalias. Siguiendo el consejo del prestigioso jurista cordobés Ibn Rushd, los almorávides deportaron a miles de mozárabes al norte de África en 1126 con el objetivo de evitar nuevas revueltas y reforzar la seguridad del territorio.
Muchos de los deportados se establecieron en ciudades como Marrakech. Aunque pudieron seguir practicando su religión e incluso dispusieron de una iglesia construida con autorización oficial, su expulsión aceleró el declive de las comunidades cristianas de al-Ándalus. Al mismo tiempo, varios templos fueron confiscados, transformados para otros usos o acabaron desapareciendo.
Los judíos: presión fiscal y conversiones
La población judía también experimentó un empeoramiento de sus condiciones de vida. Aunque conservó el estatus de dimmí y siguió disfrutando de protección legal, esa protección dependía del pago de impuestos especiales y de la aceptación de diversas limitaciones sociales y jurídicas.
La importante comunidad de Lucena, uno de los principales centros culturales judíos de la península, atravesó momentos especialmente difíciles. Algunas fuentes señalan que sus habitantes tuvieron que reunir importantes cantidades de dinero para evitar medidas más severas impulsadas por los sectores religiosos más radicales.
La creciente influencia de los juristas malikíes también se dejó sentir en la vida cotidiana. Diversas fetuas restringieron derechos y reforzaron la separación entre musulmanes y no musulmanes. Con el paso del tiempo se introdujeron además normas suntuarias que obligaban a los judíos a vestir prendas distintivas, una medida destinada a diferenciarlos visualmente del resto de la población.
Sin embargo, la realidad fue más compleja de lo que sugieren las disposiciones legales. A pesar del rigorismo religioso, muchos judíos y algunos cristianos continuaron desempeñando funciones importantes en la administración y la vida económica. Médicos, traductores, comerciantes y recaudadores de impuestos siguieron trabajando para el Estado almorávide, lo que demuestra que las necesidades prácticas del gobierno a menudo moderaban la aplicación de las medidas más estrictas.
Caída del imperio Almorávide
El Imperio almorávide alcanzó su máxima extensión territorial hacia 1117, durante el reinado de Alí ibn Yusuf. Sin embargo, la misma potencia que había derrotado a Alfonso VI en Zalaca comenzó a mostrar signos de agotamiento apenas unas décadas después. La presión militar de los reinos cristianos, el creciente descontento de la población andalusí y el surgimiento de un nuevo movimiento religioso en el Magreb (los Almohades) acabaron provocando su rápida caída.
La presión de los reinos cristianos
El prestigio militar almorávide empezó a resquebrajarse a comienzos del siglo XII. Los reinos cristianos recuperaron la iniciativa y lanzaron una serie de ofensivas que pusieron en evidencia las dificultades del imperio para defender un territorio tan extenso.
El principal adversario fue Alfonso I de Aragón, conocido como el Batallador. En 1118 conquistó Zaragoza, una de las ciudades más importantes de la frontera andalusí y pieza clave para el control del valle del Ebro. Dos años más tarde, en la batalla de Cutanda, infligió una severa derrota a los almorávides y consolidó sus avances.
La situación se agravó en 1125, cuando Alfonso I de Aragón emprendió una espectacular expedición por el corazón de al-Ándalus. Durante meses recorrió territorios de Granada, Córdoba y Málaga, saqueando campos y desafiando la autoridad almorávide. Aunque la incursión no produjo conquistas permanentes, demostró que el imperio ya no podía proteger eficazmente sus dominios más ricos y poblados.
El descontento de la población andalusí
Mientras aumentaban las amenazas exteriores, también crecía el malestar interno. Los almorávides habían sido recibidos inicialmente como defensores del islam frente al avance cristiano, pero la relación con la sociedad andalusí se deterioró con rapidez. Las diferencias culturales desempeñaron un papel importante. Muchos andalusíes contemplaban con recelo a los gobernantes bereberes llegados del desierto, cuya visión austera de la religión contrastaba con la sofisticada vida urbana de ciudades como Córdoba, Sevilla o Granada.
A ello se sumaron los problemas económicos. Las continuas campañas militares exigían enormes recursos y obligaron a Alí ibn Yusuf a restablecer impuestos extraordinarios que los almorávides habían prometido eliminar. La medida provocó un profundo descontento entre amplios sectores de la población.
Las tensiones estallaron en 1121 con una revuelta en Córdoba que obligó al gobernador almorávide a abandonar temporalmente la ciudad. Aunque la rebelión fue sofocada, reveló la creciente fragilidad del régimen.
El abandono de la austeridad original
Paradójicamente, el éxito contribuyó también a debilitar al movimiento. Los almorávides habían surgido como una comunidad de guerreros austeros y profundamente religiosos, pero el contacto prolongado con las cortes andalusíes transformó sus costumbres.
Con el paso del tiempo, muchos dirigentes adoptaron el lujo, las ceremonias y las formas de vida de las antiguas taifas. Sus adversarios aprovecharon este cambio para acusarlos de haber traicionado los principios que habían inspirado la fundación del movimiento. La imagen de los reformadores del desierto comenzó a perder credibilidad incluso entre sus propios seguidores.
El desafío almohade
El golpe definitivo llegó desde el Magreb. Mientras los almorávides concentraban sus esfuerzos en defender al-Ándalus, en las montañas del Atlas surgió un nuevo movimiento reformista encabezado por Ibn Tumart. Sus seguidores, conocidos como almohades (los unitarios), denunciaban la corrupción de los gobernantes almorávides y reclamaban una vuelta a la pureza religiosa.
Lo que comenzó como una predicación se transformó pronto en una guerra abierta. A lo largo de la década de 1140, los almohades fueron arrebatando a sus rivales el control de ciudades, oasis y rutas comerciales fundamentales para la economía del imperio.
La lucha culminó en 1147 con la caída de Marrakech, la capital fundada por los propios almorávides. Tras un duro asedio, la ciudad fue conquistada y el último emir murió durante los combates. Con ello desapareció la dinastía que había unificado el Magreb occidental y salvado temporalmente a al-Ándalus del colapso tras la conquista cristiana de Toledo.
En menos de un siglo, los almorávides pasaron de ser una hermandad de guerreros del desierto a gobernar un vasto imperio que se extendía desde el Senegal hasta el valle del Ebro. Su caída fue tan rápida como su ascenso, pero su legado marcó profundamente la historia del Magreb y de la península ibérica.